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jueves, 28 de mayo de 2020

LOS SUPERVOLCANES ESTÁN LATENTES


En varias partes del mundo se encuentran, a la espera, muchas formaciones volcánicas que podrían desencadenar el surgimiento de supervolcanes. Se han detectado en Estados Unidos, en Indonesia y Nueva Zelandia. En caso de que alguno de ellos llegara a hacer erupción las consecuencias para la humanidad podrían ser devastadoras.

   Se podría comparar las consecuencias de la erupción de un supervolcán con las fuerzas devastadoras del choque de un asteroide contra la tierra. Las alteraciones a el clima global y los desastres que esto ocasionaría podría afectar de manera importante a la humanidad.  La caída de un asteroide ocurre cada miles de millones de años, los supervolcánes pueden ocurrir cada ciento de miles de años.  Sí, es poco probable que veamos en nuestra vida un supervolcán, pero no debemos restarle mucha importancia.

   Después de la destrucción que ocasionaría a las áreas cercanas al volcán, como lluvia de cenizas por miles de kilómetros, también sus emanaciones podrían afectar el clima, creando lo que se conoce como invierno volcánico, cuando una capa de contaminación obstruye los rayos y el calor del sol, que podría extenderse durante años. Por lo mismo, todos los posibles lugares donde se encuentran las características que pudieran originar un supervolcán están vigilados, tratando de comprender lo que ocurre en su interior y qué consecuencias ocasionará.

   Se ha encontrado gracias a los análisis de los cristales de antiguos depósitos de cenizas de supervolcanes, y con el descubrimiento de que en las emanaciones de ceniza se encuentran compuestos que podrían afectar la atmosfera global durante meses.

   Los científicos sospecharon que han existido supervolcanes cuando encontraron valles circulares de 30 a 60 kilómetros de diámetro y varios de profundidad. El parecido de estos con las calderas de los volcanes llamó la atención de los expertos, que de inmediato empezaron a relacionarlos. Los volcanes, por la presión de la lava que surge desde el interior de la tierra, levanta el suelo creando lomas grandes en amplias áreas. La lava surge durante las erupciones y va dejando hueca la cavidad donde se acumuló la roca fundida. Cuando el círculo de la erupción termina la cavidad bajo de ellos colapsa, ocasionando esos valles. Al revisar los alrededores de esos valles, encontraron que existían grandes depósitos de lava de un solo volcán, entonces supusieron que fue un supervolcán el que originó ese valle y por lo tanto su poder era cien veces mayor que el monte Salta Elena.

   Pero los supervolcanes no son comunes, se necesita gruesas cortezas continentales para que se puedan formar y una fuente de calor. En los últimos dos millones de años, se han emitido más de 750 kilómetros cúbicos de magma de una sola vez en sólo cuatro regiones: el Parque Nacional de Yellowstone, en Wyoming, el Long Valley de California, Toba, en Sumatra, y Taupo, en Nueva Zelanda.

   Se comprendió, a mediados de los setenta, cómo se podían formar las cámaras magmáticas. Debajo de cada volcán activo, tiene una gran fuente de calor en forma de un penacho de roca fundida que surge del manto de la tierra. El planeta, se compone de tres estructuras: Un núcleo el cual está formado principalmente de metales.  La capa intermedia, entre la corteza de la tierra y su núcleo, se llama manto, tiene un espesor de 2,900 kilómetros aproximadamente. Después sigue la corteza que todos conocemos. El manto varía mucho su temperatura, de una 1000’C en la parte superior, a unos 3000 ´C en la parte cercana al núcleo. Esta diferencia de temperatura produce el fenómeno de convección que mueve a los continentes. En algunos puntos de la corteza las fuerzas que mueven al manto originan flujos de material caliente que suben por el manto hasta llegar a la corteza, y originan volcanes.

   Las placas continentales, al moverse, provocan rozamiento entre ellas, originando calor y funden la roca que puede crear un volcán. La mayoría de los volcanes se encuentran entre dos capas de corteza que tienen subducción, una placa se mueve por debajo de la otra y el calor provocado puede originar un volcán.

   Sin importar el origen del calor, la roca fundida tiende a ascender, tratando de llegar a la superficie. El calor y la presión aumenta según la cantidad de magna se acumula bajo la corteza, formando una cavidad. Llegado el momento, sea por la propia presión del magma o por la rotura de la corteza, el magma llega a la superficie y desencadena una erupción violenta.

  De acuerdo con el tamaño de la cavidad magmática será el tamaño del volcán. Una gran cavidad magmática, de varios kilómetros, tiene suficiente fuerza para levantar el suelo hasta formar una especie de colina. Este movimiento del suelo fractura la roca a los lados de esta “colina”, abriéndose paso para que el magma suba a la superficie, en forma de un gran círculo volcánico alrededor de la colina. Tenemos que recordar que estos procesos duran mucho tiempo, en el caso de los supervolcanes, miles de años.  

   La erupción puede durar mucho tiempo. Una vez que las primeras presiones empiezan a bajar al lanzar suficiente lava a la superficie, la presión desciende y la “colina” se desploma. Dejando un valle rodeado de un anillo de fuego.  

   Los gases que la erupción lanzaría a la atmosfera podría afectar el clima. De los muchos gases eyectados en una erupción volcánica, el dióxido de azufre (SO2) es el más dañino. Al reaccionar con el oxígeno y el agua, produce pequeñas gotas de ácido sulfúrico (H2SO4), esto impediría que llegara la radiación del sol a la superficie del planeta, causa a su vez del drástico enfriamiento del clima que se produciría en caso de una supererupción. Teniendo en cuenta que el ciclo hidrológico del planeta requeriría meses y tal vez años para eliminar las gotas ácidas, ha habido estimaciones apocalípticas de “inviernos volcánicos” que durarían décadas.

   En la nieve y el hielo quedan trazas del ácido sulfúrico que emite una gran erupción y se precipita luego desde la atmósfera contaminada. En 1996, al estudiar testigos de hielo de Groenlandia y la Antártida, se halló el pico de ácido sulfúrico que siguió a la supererupción de Toba, hace 74.000 años. Esa erupción, que expulsó 2800 kilómetros cúbicos de lava y ceniza, redujo las temperaturas medias del planeta entre 5 y 15 grados centígrados. Las consecuencias de tal enfriamiento, aunque graves, no lo resultaron tanto como se suponía: el ácido sulfúrico del registro de hielo desapareció sólo seis años después.


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