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viernes, 25 de diciembre de 2020

¿LA MUERTE ES REVERSIBLE?

 



 La muerte no es algo en que la gente piense de manera habitual, todos tenemos la idea de que algún día vamos a morir, pero nadie trata de profundizar mucho en eso. Por lo general la gente se refugia en la religión para garantizar una vida eterna en un paraíso. Pero fuera de eso no se tiene una seguridad de que pase después.

Siempre se ha buscado la manera de saber cuando una persona  se considera muerto: esto era cuando dejaba de respirar y no se sentía sus latidos cardiacos, ni su pulso y, entonces, no había más que hablar; la muerte era un momento bien delimitado en el tiempo. Pero todo esto cambió a mediados del siglo 20, con la llegada de los respiradores mecánicos, los marcapasos cardíacos y los cuidados intensivos modernos, estos desvincularon el aparato cardiopulmonar del cerebro, órgano coordinador de la mente el pensamiento y la acción.

   Existen casos en los que una persona declarada con muerte cerebral sigue teniendo todas las funciones normales durante largos periodos de tiempo. Tenemos el caso de Jahi McMath, una niña de 13 años, en el 2013, que al realizarse una operación muy delicada tuvo un derrame cerebral  intenso, que llevó a los médicos a declararla legalmente muerta.

   Pero los padres no se dieron por vencidos, decidieron trasladar a su hija a Nueva Jersey donde la ley no consideraba legalmente muerta a una persona con daño cerebral fuerte. Desde entonces se ha mantenido con vida, se ha desarrollado y ha crecido, pero no ha vuelto a abrir los ojos, ni a hablar, y, tal vez, ni a pensar.

   Se han dado casos en que mujeres embarazadas son declaradas con muerte cerebral, pero se mantienen vivas por medio de respiradores y se alimentan por medio de suero. En más de 30 casos se ha podido lograr que el bebé acabe su desarrollo dentro del vientre de su madre y después nazca sin ningún problema, aunque legalmente su madre haya muerto tiempo atrás.

   Los cambios en la ciencia y la tecnología han cobrado fuerza legal en Estados Unidos con la Ley de Determinación Uniforme de la Defunción, de 1981, que define la muerte como la interrupción irreversible de las funciones cardiorrespiratorias o del funcionamiento de las estructuras intracraneales. Dicho llanamente: cuando muere el cerebro, muere la persona.

   El cese de la función encefálica es lo que define la muerte, pero no ayuda a diagnosticarla clínicamente, ya que los procesos biológicos pueden persistir aunque deje de funcionar el cerebro. De hecho, es posible mantener «vivo» o en «soporte vital» a un cuerpo en muerte cerebral durante horas, días e incluso más tiempo. Para los familiares y amigos del difunto, es dificilísimo asumir lo que ocurre: cuando acuden a la unidad de cuidados intensivos, se encuentran que el tórax sube y baja, que tiene pulso, que el color de la piel parece normal y que el cuerpo sigue caliente. Su ser amado, que aparenta estar mejor que otros pacientes, legalmente es un cadáver, por mucho que le siga latiendo el corazón. Los médicos lo mantienen conectado a un respirador, en este estado de «semivida», porque es un donante de órganos en potencia: una vez obtenida la autorización, le extraerán el corazón, los riñones, el hígado o los pulmones, de los que siempre hay una enorme demanda.

   A pesar de los avances técnicos, la biología y la medicina todavía no explican de forma precisa, coherente y fundamentada qué define el nacimiento y la muerte, los limites que demarcan la vida. Aristóteles escribió en su tratado acerca del alma, hace más de dos mil años, que los seres vivos son más que la suma de sus partes; el filósofo propugnaba que el alma vegetativa de todo organismo (planta, animal o persona) es la forma o la esencia de ese ser vivo.

   El alma vegetativa rige las funciones de nutrición, crecimiento y reproducción, que dependen del cuerpo; cuando desaparecen dichas capacidades vitales, ya no estamos ante un organismo animado (término que proviene del latín anima, «alma»). El alma sensitiva permite a los animales y las personas percibir el mundo y su cuerpo; es lo más próximo a lo que actualmente llamamos «experiencia consciente».

   Fijémonos en la palabra irreversible dentro de la definición contemporánea de muerte encefálica. Sin una fórmula conceptual clara que indique cuándo está vivo o muerto un organismo, la irreversibilidad depende de la tecnología vigente en cada momento, que evoluciona sin parar. Lo que era irreversible a principios del siglo xx (la abolición de la función respiratoria) pasó a ser reversible a menos de cien años después. ¿Tanto cuesta imaginar que quizás ocurra lo mismo con las funciones encefálicas? Un experimento reciente sugiere que esta idea ya no es mera fantasía.

Reanimación parcial del cerebro

   Este año se dio un experimento excepcional: un grupo de científicos, aprovecharon los centenares de cerdos sacrificados en un matadero. Los investigadores extrajeron el cerebro del cráneo de los animales y conectaron las arterias carótidas y las venas del organismo a una máquina de percusión que actuaba como corazón: bombeaba algo parecido a la sangre, una mezcla artificial de compuestos que transportaban oxígeno y fármacos para evitar que las células sufrieran daños.

   Estudiaron la viabilidad de los cerebros de los cerdos cuatro horas después del aturdimiento por electronarcosis, el degüello y el sangrado. A primera vista, los cerebros conectados parecían relativamente normales. Al circular el líquido, se observó que la intrincada red vascular que irriga el cerebro respondía adecuadamente; se conservó la integridad del tejido y se redujo el edema que provoca la muerte de las células.

   Lo que no se observó fueron las ondas cerebrales propias de los electroencefalogramas. Los electrodos colocados en la superficie de los cerebros no detectaron actividad eléctrica global: ni las ondas lentas que cruzan la corteza cerebral a un ritmo constante durante el sueño profundo, ni las exacerbaciones abruptas seguidas de un silencio. Solo apareció una línea recta (una línea isoeléctrica global), que denotaba la ausencia de cualquier tipo de consciencia. Un cerebro que guarda silencio (en términos eléctricos) no alberga experiencia psíquica alguna. En todo caso, esta situación no fue ninguna sorpresa; por el contrario, el equipo la buscó expresamente, añadiendo en la solución perfundida una mezcla de fármacos que anulan las funciones neuronales y las comunicaciones sinápticas.

   ¿Qué habría pasado si los científicos no hubiesen añadido neurobloqueantes a la solución? Lo más probable, nada. Que unas pocas neuronas conserven una mínima excitabilidad no implica que millones de ellas vayan a reorganizarse espontáneamente y recobrar la actividad eléctrica global. Pese a todo, no es descartable que, con un poco de ayuda externa, con algo así como un desfibrilador cortical, se pudiese «reiniciar» un cerebro muerto y reanimar los ritmos encefálicos característicos del órgano vivo.

   Pero queda una pregunta obvia: ¿se puede aplicar esta técnica al cerebro humano? Antes de horrorizarnos, pensemos lo siguiente: si apareciera nuestro hijo, o nuestra pareja, ahogado o víctima de una sobredosis, sin pulso ni aliento desde hace horas, ¿qué querríamos que hicieran los médicos? Hoy en día los declararían muertos. ¿Podría cambiar esta situación mañana, con la técnica que ha diseñado el equipo de Yale? ¿No es acaso un fin noble?

    Sin duda, no hasta que no sepamos si el cerebro reanimado de un animal presenta la actividad eléctrica global típica de un cerebro sano, sin señales indicativas de dolor, sufrimiento o angustia extremos.

 

 


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