martes, 6 de octubre de 2020

COCAÍNA: DE MILAGRO A PESADILLA

 



La historia de la Cocaína

Erythroxylum coca es una planta endémica de Sudamérica. Los pueblos andinos conocían el efecto de la cocaína hace, probablemente, más de 4500 años. Para combatir el hambre y el cansancio, masticaban hojas secas, a menudo junto con ceniza de otras plantas o cal, llegando a ingerir hasta 60 gramos al día, de los cuales el organismo absorbía entre 100 y 200 miligramos del principio activo principal.  Su consumo se consideraba privativo de la aristocracia y la casta sacerdotal. El acceso de otras personas era excepcional. Sin embargo, los conquistadores españoles se encontraron a su llegada con que el uso estaba extendido a una gran parte de la población. Aunque en un principio se prohibió el consumo, los españoles terminaron por potenciar su producción. Cuando la planta fue llevada a Europa se usó con los mismos fines.

   En 1855, Friedrich Gaedecke aísla por primera vez al alcaloide de las hojas de coca y lo llama Eritroxilina. Pero en su método de extracción se utiliza plomo que contamina la sustancia.

   Las primeras investigaciones serias las realiza Albert Neemann, entre 1860 a 1865, uno de los fundadores de la química orgánica, en Göttingen. En los Laboratorios de Friedrich Wöher, Alemania, logró aislar con eficiencia, a partir de hojas de coca, una substancia cristalina, incolora y de sabor amargo que llamó cocaína en 1860, mejora la extracción y la llama clorhidrato de Cocaína. Encuentra que cada hoja contiene entre 2 a 8 por ciento de cocaína, dependiendo de la especie. Aunque la sustancia extraída directamente de la hoja contiene más alcaloides. Con el paso de los años el método de purificación de cocaína se fue perfeccionando.

   La cocaína provoca un efecto de adormecimiento en la lengua al aplicar esa sustancia, y se inicia el estudio de las propiedades como anestesia local de la droga. Se probó inicialmente inyectada en algunas partes del cuerpo, esto eliminaba la sensibilidad de la zona inmediata sin que el paciente cayera en inconsciencia.

   En 1880 la Cocaína fue aceptada como droga legal en Estados Unidos y se vendía sin receta en cualquier botica. Se empezó a usar para contrarrestar los efectos de la adicción a la morfina. Durante muchos años la Cocaína se consideró como una droga milagrosa. Se recomendaba dosis de 2 gramos para adultos y de un gramo para niños. Muchos productos que prometían curar todo tipo de enfermedades incluían esta droga. La Coca Cola tomó su nombre de esta sustancia, aunque después se retiró el alcaloide.



 
Las primeras aplicaciones como anestesia

   Al principio las operaciones necesarias a pacientes con padecimientos en sus extremidades, eran muy dolorosas. Los cirujanos recuerdan los horrores de las operaciones, cuando la velocidad era un requisito tan grande como la habilidad para acortar la agonía mortal de los pacientes, y cuando un cirujano famoso extirpaba un miembro en once minutos. Hay muchos que recuerdan cuán lentamente la bendición del cloroformo se abrió camino contra los prejuicios. Darlo para aliviar el dolor del parto no solo era inseguro, según el médico de cabecera, sino también un sacrilegio, según el predicador, porque Las Sagrada Escritura dicen: 'Con dolor darás a luz los hijos'. Si no hubiera sido por el ingenio del Dr. Simpson, quien insistió en que el Señor realizó la primera operación quirúrgica bajo anestesia cuando hizo que Adán cayera en un sueño profundo para quitarle una costilla del costado.

   Poco después del cloroformo vino el éter, el anestésico más seguro para producir inconsciencia y así eliminar el dolor; y luego la cocaína, esa peculiar droga que inyectada en los tejidos entumece los nervios y anula la sensación de dolor.

  Cuando se descubrieron las propiedades anestésicas del alcaloide de la coca, y se demostró que los abscesos, muy dolorosos, podían abrirse y ser leves, sin mayores molestias al paciente. Sin embargo, los nervios se recuperaban rápidamente de los efectos de la droga y, por lo tanto, las operaciones tuvieron que realizarse en un tiempo comparativamente corto. En ese entonces, sólo se podían realizar operaciones menores de las partes externas del cuerpo, y la cocaína se ha clasificado simplemente como un anestésico local; pero cuando se inyecta en la médula espinal causa una pérdida total de sensación al dolor debajo del punto de punción.

Los primeros pasos de la cocaína como anestésico

   Fue a un estadounidense, un conocido médico de Nueva York, a quien le debemos la primera sugerencia de la idea. El Dr. J. Leonard Corning, en 1885, descubrió que las ranas, podían obtener la reacción característica de estricnina, como anestésico local, a partir de soluciones muy pequeñas de la droga si se inyecta en la médula espinal. Luego se le ocurrió probar el efecto de la cocaína; en consecuencia, experimentó con perros, inyectando el anestésico entre los procesos superiores de las vértebras, donde los numerosos vasos diminutos lo llevarían hasta el cordón nervioso. Después de unos minutos, el perro perdió toda sensación en sus patas traseras; se le podía pellizcar, pinchar y tocar con un bastón eléctrico sin saberlo, pero el mismo tratamiento aplicado a sus patas delanteras provocaba aullidos.

   Como no se observaron efectos malignos en los diversos perros con los que experimentó el Dr. Corning, probó el efecto en uno de sus pacientes que había sufrido durante algún tiempo de debilidad espinal; inyectando sesenta gotas de una solución de cocaína al 3 por ciento en los tejidos alrededor de la columna, entre la undécima y la duodécima vértebra dorsal. Durante media hora, el hombre no tuvo absolutamente ninguna sensación de dolor en las extremidades inferiores; la electricidad y los pinchazos pasaron desapercibidos. Al cabo de una hora o más, el paciente se levantó y caminó hacia su casa, sin secuelas desagradables, salvo un ligero dolor de cabeza y mareos. El Dr. Corning informó sobre la rana, el perro y el hombre, a sus colegas médicos, y lanzó una pista general sobre la posibilidad de extender la utilidad de la cocaína en las operaciones; pero el asunto se olvidó.

   Algunos años más tarde, el investigador alemán Quincke ideó un método para perforar la membrana que rodea la médula, de modo que pudiera extraer algunas gotas del líquido cefalorraquídeo, para ver si, en una enfermedad como la meningitis espinal, por ejemplo, había alguna bacteria presente, o si podía descubrir alguna característica que pudiera ayudar a diagnosticar ciertos casos desconocidos de enfermedad.

   Se le ocurrió al Dr. Bier, de Kiel, Alemania, que se podrían poner unas gotas de una solución de cocaína para producir anestesia local a gran escala con esta técnica. Desarrolló la inyección entre las vértebras y operó a pacientes conscientes e informó de su éxito. Aunque las operaciones y experimentos realizados por Bier fueron publicados y comentados con interés, no despertaron especial entusiasmo, y podrían haber quedado meramente en experimentos científicos, de no haber sido por el Congreso Médico Internacional, que se reunió en la Exposición de París de 1889. Allí  Bier expuso sus ideas. Las anotaciones de esa época explican que los médicos en ese tiempo se apegaban más a las ideas antiguas que a las nuevas aportaciones científicas, no era sorprendente que incluso un descubrimiento tan grande encontrara un reconocimiento tardío y necesitara un escenario como una exposición mundial para ubicarlo de manera prominente ante la profesión médica. Esto lo obtuvo en las clínicas de París en manos de M. Tuffier, donde, con todas las naciones para testigos oculares, realizó una operación tras otra en pacientes que estaban perfectamente conscientes y, sin embargo, eran absolutamente insensibles al dolor debajo de la línea del pezón. Sus hazañas fueron la comidilla del Congreso; muchos de los cirujanos más famosos del mundo estuvieron presentes y vieron lo comparativamente simple que era.

   Los médicos inyectaban cocaína a los pacientes para operaciones en la médula espinal para laparotomías, amputaciones y maternidad, con una cantidad variable de éxito. Pero hubo problemas, algunos pacientes tenían consecuencias desagradables, y fuertes dolores de cabeza. Y, además, los efectos de la anestesia pueden desaparecer antes que termine la operación, causando la situación en la que se encontraba un cirujano, cuando los efectos anestésicos desaparecieron cuando estaba a la mitad y, habiendo abierto el abdomen, no se atrevió a permitir que el paciente se sentara e inclínese para una segunda inyección.

   En todos los casos, los cirujanos se sienten más seguros si tienen cloroformo o éter a mano en caso de fallar y, al fin y al cabo, no ven ninguna gran ventaja en realizar la operación con cocaína sobre el método antiguo. Además, muchos de ellos dicen que hay algo bastante extraño en la sensación de que el paciente es consciente y quizás observa cada golpe del cuchillo, porque, extraño por decirlo, las sensaciones de calor y frío, tacto y presión, todavía están presentes, y solo el dolor está ausente. Los cirujanos de más edad, antes de los días de cualquier anestesia, mencionaron este sentimiento inquietante y acogieron con agrado la inconsciencia del paciente de lo que se le estaba haciendo tanto como el paciente mismo.

 

El camino hacia la verdad de la cocaína  

   Uno de sus principales promotores fue Sigmund Freud, después de leer un artículo sobre los efectos de la cocaína en los soldados norteamericanos, empezó a estudiarla. Él mismo inhala la droga en 1884 y la cocaína se convirtió en el primer anestésico local de importancia en oftalmología quirúrgica. Ese mismo año, un amigo: C. Koller demostró los efectos de la cocaína como anestesia ocular para operaciones. De hecho, la cocaína inicia la Era de la Anestesia Local.

   Ese mismo año Fleischl, al consumir la droga sufrió alucinaciones y notó su gran dependencia psicológica a la misma. Louis Lewin también ataca los comentarios favorables de Freud y se opone al uso de la cocaína como uso terapéutico contra la morfina, diciendo que sólo estaban sustituyendo una adicción por otra.

   El mismo Freud notó que su dependencia aumentaba según consumía la droga y destacó los efectos de la dependencia psicológica a la misma.

   En cuanto el consumo de cocaína aumentaba se encontró un nuevo padecimiento que los médicos llamaron Cocainismo. Está caracterizada como enfermedad mental causada por la intoxicación de cocaína. En esos tiempos se describió así esta enfermedad: “Este padecimiento lleva a la absoluta miseria, les impide asearse, los obliga a abandonar el trabajo y a mendigar o delinquir. Su carácter oscila entre la alegría, estado de agresividad y cólera. También presenta angustias secretas (depresiones) y una completa desaparición de principios morales. Los que la consumen con cierta regularidad presentan pérdida de peso, decoloración de la piel y depresiones extremas que pueden llevarlo al suicidio. Tienen reflejos excitados, pupilas dilatadas, lengua temblorosa y pulso acelerado; sudan mucho, no presenta erección y baja el conteo de espermas sanos. En casos avanzados se presenta insomnio, alucinaciones, y la locura. La sobredosis provoca trastornos cardiovasculares, convulsiones, desórdenes respiratorios y la muerte.” Se cree que cerca de 5,000 personas mueren de sobredosis de cocaína al año en Estados Unidos.

   El consumo de cocaína y otras drogas se prohibió en Estados Unidos y México en 1920, pero se siguió consumiendo de forma ilegal. Quedan muchas referencias de su uso en toda la cultura popular. Por ejemplo, en el libro Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, presenta una droga (tal vez pensando en la cocaína) que es consumida por toda la población y les ayuda a sobrellevar su esclavitud.

   También Eduard Munch tiene un cuadro que se llama Ansiedad, que fue pintado en 1894, para mí, representa parte de la cultura de la cocaína.

 


Un caso real

   Una enfermera, por problemas que desconozco, decide suicidarse tomando dos gramos de Cocaína. Mientras sufre los efectos de la droga, decide escribir qué siente:

   A las nueve menos veinte he tomado la cocaína. Tengo la boca seca. No siento dolor, pero si ardor y siento estremecimientos. Me es difícil escribir; tres minutos y no ha pasado nada. Mis oídos se llenan de ruidos. Voy a perder pronto el sentido…

   Ya, seis minutos desde que tomé la coca. Veo mal, las pupilas me opacan los ojos, aunque me siento bastante bien.

   Siento golpes de sangre violentos en la cabeza. Me es difícil pensar y estoy muy pálida.

   Son las nueve, tengo ganas de vomitar, no quiero porque sería desagradable. Tendría que tomar otra cosa; quizá dos gramos no han sido bastantes, pero no tengo más cocaína.

   Las nueve y cinco. Fuertes dolores de cabeza. El veneno ha llegado a la sangre.

   Las nueve y cuarto. Siento nauseas constantes.

   Las nueve y veinte. Pierdo el sentido. No veo. Me duele la cabeza. Creo que van a empezar las convulsiones.

   Las diez menos cuarto. Empiezo a exaltarme. Me tomé el veneno con serenidad como si fuera agua pura, pero ahora empiezo a escribir mal. Ya obra el veneno. Mis ojos… me duelen mucho y tiemblo toda. Intento levantarme y no puedo.   ¡Adiós!

   Me caigo, mis manos…

   Mis ojos…

   No puedo…

 

 

https://en.wikisource.org/wiki/Popular_Science_Monthly/Volume_59/July_1901/Cocaine_Analgesia_of_the_Spinal_Cord

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